Make me feel like I’m human again.

Detrás de sus ojos, como una película antigua, cada uno de los rostros y lugares que había visto aquel día se reproducían lentamente.

Desde pequeño había creído que la vida en San Francisco iba pintada de rojo y azul, por lo que su imaginación parecía haber modificado todo a esas tonalidades.

Los puentes, vehículos, e incluso los rasgos de aquellas jóvenes cuyas miradas habían penetrado la suya, todo parecía teñirse en aquellos colores.

No tomaba mucho más que un par de minutos de relajación para que su cabeza lo invitara a dar un viaje por aquellos pensamientos que espontáneamente se conectaban como ideas, formando pequeñas historias, contadas en un párrafo o dos.

Aquel proceso era algo que se daba natural para él, no podía remontarse a algún tiempo en toda su existencia en que no hubiera ido a dormir sin armar unas cuantas ficciones.

Las ideas le brotaban sin pedir permiso, e imparables solían fluir por las aguas templadas de su imaginación, propicias para cualquier creación, como en el principio de los tiempos.

Sin embargo, la euforia provocada por una mente que parecía actuar por si misma era casi equiparable a la frustración que venía después de perder aquel atisbo de obra maestra.

Como causa y consecuencia, su falta de voluntad rompía con las promesas que se hacía a si mismo cada noche, donde juraba que no dejaría que el material se perdiera en el aire, y en el pasar de los días, eso lo llevaba a sacar muchas conclusiones.

Pecaba de soberbio creyéndose capaz de juzgarse a sí mismo, y eran incontables las ocasiones en que se había repetido que no servía como escritor, que no tenía la materia.

A veces se preguntaba si aquello de la frustración era hereditario, o era un señuelo que le habían colgado al nacer, y él no hacía más que honrarlo desde entonces.

El fondo del asunto se resumía en que tenía mucho para decir, pero no lograba hallar su propia voz, y hasta que aquello no sucediera, tampoco lo haría su vuelta a la escritura.

            De todas formas, los delirios, como llamaba a aquellas ideas que nacían en el lapso de pocos minutos, no cesaban en el día a día, y en el último tiempo, se había vuelto peor.

El ínfimo espacio que dedicaba a la recreación ya no le causaba ninguna gracia, le habían arrebatado la coherencia, el cinismo, el ancla que le permitía continuar en un plano de realidad.

Aquella mujer le había robado todo, y él le había dado el poder para hacerlo.

Su encanto era infinito, su mirada insinuaba un peligro, y sus piernas fácilmente podrían convertirse en una cuestión de estado cuando lo quisiera, sobre todo si la falda no daba lugar a la imaginación.

El diablo había tomado forma de mujer y con el golpeteo de sus tacones sobre el mármol de un hotel, los había arrastrado a ambos a un infierno de sábanas blancas.

Desde entonces se habían quemado muchas veces, tan sólo bastaba una llamada en la madrugada, durante la hora del almuerzo, o en cualquier momento extraño en el que pudieran escapar de sus responsabilidades para volver a tropezar con el deseo.

En un principio, sus encuentros sucedían hasta tres veces por semana, se trataba de calmar la sed de lo prohibido con urgencia en cualquier sitio que fuera medianamente propicio.

Sin embargo, en un tiempo más, cuando la rubia se mudó a una casa en las afueras de la ciudad, las citas se vieron reducidas tan sólo a los pocos días en los que su marido estaba de viaje, porque sí, aquella mujer de cabellos claros estaba felizmente casada.

Su matrimonio llevaba un par de años, él era un hombre algo mayor que ella, quien apenas rozaba los veinticinco, y Zach no necesitaba escuchar sobre su billetera abultada para saber que aquella era la razón de toda la relación.

Era notorio que no pertenecía a los Hamptons, o al menos él podía percibirlo.

No obstante, el acento francés y las fragancias caras que pincelaban su piel le calzaban a la perfección, y no había duda alguna de que la ropa exclusiva debía ceñirse a su cuerpo mejor que al de cualquier otra mujer que fuera parte de aquella muchedumbre opulenta.

Ophelie, era una intrusa dentro de un mundo de ostentaciones para el que no había nacido, pero él no había llegado para salvarla, sólo era un escape de la rutina.

Lo suyo era un mal necesario, una dosis de adrenalina con un envase encantador que rompía con todos los códigos y leyes construidos a base del autocontrol en el núcleo del joven Pratt.

Un sistema complejo, lleno de fobias y obsesiones, algo con lo que solamente podía vivir si se aferraba a aquel orden, exagerado para un hombre que todavía vuela sobre los veinte.

Su comportamiento era un tablero de ajedrez, uno que contenía todas las piezas de su mente con cuidado, no había forma de salir de aquellas estrategias sin sufrir en el intento, y el deseo había abierto una puerta distinta, para entrometerse y no dejarlo en paz.

Había pensado en terminar con todo en diversas ocasiones, decirle adiós a la lujuria y al peligro de que alguien más los topara enredados, pero aunque no la quisiera, todavía poseía alguna forma de manipulación sobre su persona que lo hacía volver a caer.

Era un ‘maldito’ círculo vicioso en el que las peleas y los besos no faltaban.

Su tranquilidad había sido perturbada, y cuando cerraba los ojos, ya no veía oscuridad, su mente estaba absorta ante aquellos labios color rubí.

Man often becomes what he believes himself to be. —Mahatma Gandhi (via onlinecounsellingcollege)
Sure, Kill Bill’s a violent movie. But it’s a Tarantino movie. You don’t go to see Metallica and ask the fuckers to turn the music down. —Quentin Tarantino (via dorrds)

nippled:

*looks at a nearby mosquito* *whispers softly* don’t

aausten