"Tenemos recién llegados." — Anunció la voz de Eloide desde el otro lado del comunicador.

No habían pasado las diez de la mañana todavía, lo que significaba que Zachary estaría acomodado sobre el asiento reclinable de su oficina, despojado de preocupaciones y cargando una taza del café más negro que pudiera haber en toda la ciudad.

Naturalmente, una persona que había hecho del insomnio una compañía, no podía iniciarse en el trabajo hasta que se hubiera embriagado en varias tazas de café, pero al jefe sólo le bastaban un par de minutos para ponerse en acción.

"¿Estás ahí?" — Insistió la muchacha al verse desprovista de respuestas, y sin saberlo, sus palabras sirvieron como un disparador automático.

Adentro de la oficina, un Zachary, ahora alterado, había hecho volar el café por el aire y con ello había conseguido tanto manchar algunos papeles como su propia camisa.

No le alcanzaban las manos para arreglar su pequeño accidente, pero tampoco le sobraba el tiempo para siquiera pensar en enviar a alguien a limpiar el escritorio.

Ahí afuera lo esperaba un gran problema para resolver, y el primero de todos consistía en conseguir que los agentes que venían a verlo pasaran desapercibidos, como tantos otros empresarios que llegaban a reunirse con él durante la semana.

Se cargó el saco y aunque podía sentir la ansiedad carcomerle la piel hasta alcanzar el último cabello más fino de su rubia cabeza, se tomó unos segundos para acomodar las solapas y luego, el cuello de su camisa; si podía tener control de su propio semblante, podría llevar adelante el resto de lo que le tenía planeado aquella mañana.

"Yo me encargo." — Anunció en un tono de voz algo imperativo al salir hacia el pasillo principal, y en un instante, que no duró más que un efímero segundo, hizo contacto visual con la joven, quien pareció entender que la dejaba libre de responsabilidades.

Podía predecir que la morena lo llenaría de preguntas más tarde, pero tendría tiempo para manejar aquel tipo de cuestionarios en otro momento.

Su presencia fuera de la oficina llamó la atención de varios empleados que recorrían aquel sector de la planta, pero él hizo caso omiso a las miradas indiscretas y curvó sus labios.

"Bienvenidos, es por aquí." — Indicó con una cortesía que cargaba con una peligrosa dosis de ironía, y esperó a que los visitantes avanzaran hasta ingresar en aquel pequeño cuarto rodeado de ventanales que comprendía su oficina.

El ritual de presentaciones y saludos cordiales se inició cuando la traba de la puerta hizo su típico y molesto ruido, pero no fue tan extenso como el rubio había esperado que fuera; aquello indicaba que estaban apresurados y que, por lo tanto, esta vez sólo se trataría de informarle una situación, es decir, habían llegado a un punto.

Rápidamente, antes de que dieran comienzo a la reunión, se puso de pie para encender el tele comunicador y desde la pantalla, Robert Higgins, su abogado, saludó a todos.

Pratt y Higgins se habían conocido un tiempo antes gracias a un amigo en común, sus referencias como abogado comercial eran muy buenas, y después de haber hecho una investigación personal y exhaustiva de su persona y sus casos más conocidos, Zachary decidió tomarlo como su asesor personal.

Su ausencia se debía a un caso puntual que le requería estar en Washington, pero como los hechos no parecían haber cambiado mucho desde el comienzo de la cuestión en la editorial, podían manejarse, por esta vez, por medio del video-conferencia.

Al terminar con las formalidades, el hombre vestido de azul con una pequeña insignia perteneciente al gobierno pintada en el frente, tomó el toro por las astas y comenzó con lo que sería un arduo discurso de legalidades que los tenía como protagonistas a los juristas.

Desde que había tomado el mando de la empresa, Zach nunca había tenido que tratar los temas de documentación, sucesión y diversas legalidades que excedían a su conocimiento, pero ahora, aquella confianza absoluta volcada en los abogados que habían tratado con su padre, le cobraba un precio alto, uno que no estaba seguro de poder pagar.

El mal se había originado a partir de la muerte de Michael Pratt, sin un testamento preparado, los poderíos que estaban a su nombre quedaron en manos de abogados.

Más tarde, la casa en que vivía la familia y la mayoría de sus bienes quedaron a nombre de su mujer, pero el poderío que refería a la editorial permanecía ajeno a ellos.

Aymerick, devastada por aquella fatalidad, no presentó interés alguno en inmiscuirse en asuntos de herencia y su hijo, quien no había llegado a cumplir la mayoría de edad pasó por alto aquellas obligaciones que siquiera llegaban a sus oídos.

Durante los siguientes dos años, los abogados de Michael que habían jurado lealtad a la viuda, se hicieron cargo del negocio, manteniéndolo en vela y acogieron al heredero cuando este decidió tomar el lugar que le correspondía.

Aquel período de transición, se basó en hacer frente a las pérdidas económicas que habían sufrido y en poner a la editorial nuevamente en el mercado y a la vista de muchos.

El esfuerzo personal empleado dio sus frutos, pero al estar solo en la marcha, no tuvo más opciones que confiar en aquellos hombres que debían encargarse de poner todo a su nombre, litigar por la herencia e interceder en legalidades.

Gracias a aquella credulidad, hoy los federales que tenían sus ojos clavados en la nuca de Zachary, sospechaban de una operación fraudulenta que de ser confirmada podría acabar con el cierre de su empresa y en una deuda de millones de dólares.

"Haremos una intervención." — Sentenció el fiscal sentado justo enfrente del acusado.

"Comenzamos el lunes." — Aclaró su acompañante, y la reunión se dio por finalizada.

robertplantseyes:

Parents in the 70s: Kids these days with their Pink Zeppelin and Led Floyd

Being happy is a very personal thing—and it really has nothing to do with anyone else . —Abraham-Hicks, Getting Into the Vortex  (via tea-storm)

nevver:

Orwell manuscript

Make me feel like I’m human again.

Detrás de sus ojos, como una película antigua, cada uno de los rostros y lugares que había visto aquel día se reproducían lentamente.

Desde pequeño había creído que la vida en San Francisco iba pintada de rojo y azul, por lo que su imaginación parecía haber modificado todo a esas tonalidades.

Los puentes, vehículos, e incluso los rasgos de aquellas jóvenes cuyas miradas habían penetrado la suya, todo parecía teñirse en aquellos colores.

No tomaba mucho más que un par de minutos de relajación para que su cabeza lo invitara a dar un viaje por aquellos pensamientos que espontáneamente se conectaban como ideas, formando pequeñas historias, contadas en un párrafo o dos.

Aquel proceso era algo que se daba natural para él, no podía remontarse a algún tiempo en toda su existencia en que no hubiera ido a dormir sin armar unas cuantas ficciones.

Las ideas le brotaban sin pedir permiso, e imparables solían fluir por las aguas templadas de su imaginación, propicias para cualquier creación, como en el principio de los tiempos.

Sin embargo, la euforia provocada por una mente que parecía actuar por si misma era casi equiparable a la frustración que venía después de perder aquel atisbo de obra maestra.

Como causa y consecuencia, su falta de voluntad rompía con las promesas que se hacía a si mismo cada noche, donde juraba que no dejaría que el material se perdiera en el aire, y en el pasar de los días, eso lo llevaba a sacar muchas conclusiones.

Pecaba de soberbio creyéndose capaz de juzgarse a sí mismo, y eran incontables las ocasiones en que se había repetido que no servía como escritor, que no tenía la materia.

A veces se preguntaba si aquello de la frustración era hereditario, o era un señuelo que le habían colgado al nacer, y él no hacía más que honrarlo desde entonces.

El fondo del asunto se resumía en que tenía mucho para decir, pero no lograba hallar su propia voz, y hasta que aquello no sucediera, tampoco lo haría su vuelta a la escritura.

            De todas formas, los delirios, como llamaba a aquellas ideas que nacían en el lapso de pocos minutos, no cesaban en el día a día, y en el último tiempo, se había vuelto peor.

El ínfimo espacio que dedicaba a la recreación ya no le causaba ninguna gracia, le habían arrebatado la coherencia, el cinismo, el ancla que le permitía continuar en un plano de realidad.

Aquella mujer le había robado todo, y él le había dado el poder para hacerlo.

Su encanto era infinito, su mirada insinuaba un peligro, y sus piernas fácilmente podrían convertirse en una cuestión de estado cuando lo quisiera, sobre todo si la falda no daba lugar a la imaginación.

El diablo había tomado forma de mujer y con el golpeteo de sus tacones sobre el mármol de un hotel, los había arrastrado a ambos a un infierno de sábanas blancas.

Desde entonces se habían quemado muchas veces, tan sólo bastaba una llamada en la madrugada, durante la hora del almuerzo, o en cualquier momento extraño en el que pudieran escapar de sus responsabilidades para volver a tropezar con el deseo.

En un principio, sus encuentros sucedían hasta tres veces por semana, se trataba de calmar la sed de lo prohibido con urgencia en cualquier sitio que fuera medianamente propicio.

Sin embargo, en un tiempo más, cuando la rubia se mudó a una casa en las afueras de la ciudad, las citas se vieron reducidas tan sólo a los pocos días en los que su marido estaba de viaje, porque sí, aquella mujer de cabellos claros estaba felizmente casada.

Su matrimonio llevaba un par de años, él era un hombre algo mayor que ella, quien apenas rozaba los veinticinco, y Zach no necesitaba escuchar sobre su billetera abultada para saber que aquella era la razón de toda la relación.

Era notorio que no pertenecía a los Hamptons, o al menos él podía percibirlo.

No obstante, el acento francés y las fragancias caras que pincelaban su piel le calzaban a la perfección, y no había duda alguna de que la ropa exclusiva debía ceñirse a su cuerpo mejor que al de cualquier otra mujer que fuera parte de aquella muchedumbre opulenta.

Ophelie, era una intrusa dentro de un mundo de ostentaciones para el que no había nacido, pero él no había llegado para salvarla, sólo era un escape de la rutina.

Lo suyo era un mal necesario, una dosis de adrenalina con un envase encantador que rompía con todos los códigos y leyes construidos a base del autocontrol en el núcleo del joven Pratt.

Un sistema complejo, lleno de fobias y obsesiones, algo con lo que solamente podía vivir si se aferraba a aquel orden, exagerado para un hombre que todavía vuela sobre los veinte.

Su comportamiento era un tablero de ajedrez, uno que contenía todas las piezas de su mente con cuidado, no había forma de salir de aquellas estrategias sin sufrir en el intento, y el deseo había abierto una puerta distinta, para entrometerse y no dejarlo en paz.

Había pensado en terminar con todo en diversas ocasiones, decirle adiós a la lujuria y al peligro de que alguien más los topara enredados, pero aunque no la quisiera, todavía poseía alguna forma de manipulación sobre su persona que lo hacía volver a caer.

Era un ‘maldito’ círculo vicioso en el que las peleas y los besos no faltaban.

Su tranquilidad había sido perturbada, y cuando cerraba los ojos, ya no veía oscuridad, su mente estaba absorta ante aquellos labios color rubí.

aausten